martes, 16 de septiembre de 2014

Todo eso que no dijimos



No lo entenderías.
No entenderías cómo es sentirte sola, cansada,  ajena al mundo que te rodea.
No entenderías cómo es sentirte extraña en tu propia piel y no tener escapatoria.
Jamás llegarás a entender cómo son esos largos procesos de sanación, la mezcla de sentimientos, las recaídas, los remordimientos, la incesante necesidad de crear un exterior bello para esconder las ruinas internas.
Tampoco entenderías el alivio de las letras. El alivio de poder decir todo aquello que nunca dices en unos párrafos.
Soltarte, desahogarte y gritar todo ese silencio que te mata.
Y aún si algún día lo entendieras, jamás comprenderías lo que es sentirte identificado a miles y miles de kilómetros. No podrías alcanzar a vislumbrar el alivio que te inunda cuando descubres, que después de todo, no estás sola. Que allá afuera, en algún lugar hay alguien que entiende. Alguien a quién le importa.
Alguien a quién tú le importas.
Que se toma el tiempo para leerte, para comprenderte, para darte ánimos.
Esa clase de conexión no la compras y nunca, pero nunca la olvidas.
Eso es lo que tú nunca entenderías.


En la entrada anterior (la cual tiene un montón de tiempo) no pude evitar recordar todos esos momentos dónde parecía que no podría continuar y abría blog y comencé a conocer a todas estas personas que realmente entendían. Eso, en mi vida, fue una tabla de salvación del tamaño del Titanic. Saber que en algún sitio, por muy lejos que fuera, estaban estás maravillosas chicas (Nata, Alice, Lotus, Elena, Orne etc) que sentían lo mismo que yo, eso es invaluable.
Así que, si no lo dije, si me faltó agradecerles de corazón por todos esos comentarios salvavidas, lo hago ahora. Son las mejores personas que he tenido el gusto de leer.
Un gran beso (con el corazón en la mano)
Toxica

viernes, 8 de agosto de 2014

Las mentiras de la edad




De repente me digo: Ya no tienes trece años.

Ya no puedes culpar a los demás por tus problemas ni llorar  horas por tu errores.
De repente pienso, "¡Ya has crecido!" Pero se me queda atorado en la garganta, porque en el fondo, no quiero crecer.
Siete años después, aún puedo leer lo confundida y lastimada que estaba en ese entonces.
Nada ha cambiado, fundamentalmente. En realidad, nada cambia, la única diferencia es que ya no puedo sentarme a llorar al filo del balcón cada noche, no puedo derramar todo eso entre letras. Porque ya he crecido. Y las chicas grandes ya no hunden lancetas en su piel para sentirme mejor, no son irreflexivas ni quejicas.
A las niñas grandes nos toca sufrir lo mismo, pero siempre en silencio. Siempre con esa máscara indeleble. Las niñas grandes ya no le contamos a nuestros amigos lo mal que estamos, ya no esperamos con el corazón que a ellos les importe.
Porque, debido a tu edad, ya no debes tener esa necesidad de comprensión, debes abandonar la esperanza de que alguien allá afuera te entienda. Ahora eres mayor, ahora tiene que doler de una manera distinta, sin que puedas expresarlo tan fácilmente como antes.
Se acabaron las páginas manchadas de un viejo cuaderno negro, incluso se acabó derramar todo en mi blog. Porque a mi edad, debería ser capaz de sobrellevar cualquier cosa con un mínimo de quejas. Porque ahora sé que a mis nuevos amigos les importa una mierda.
Sin embargo, no lo soy.
No lo somos.
Todo está ahí, igual que antes, igual que siempre. Sólo que ahora, en vez de decirlo, simplemente lo callamos.

Y es por ello, tal vez, que no puedo escribir como antes.
Porque aveces, muy de repente me digo: Ya no tienes trece años.

martes, 6 de agosto de 2013

Una virgen.


Tendida, en todo su esplendor. 
Indefensa, débil, sudorosa y agitada
Su pecho, subiendo y bajando; subiendo y bajando en un movimiento rítmico y agitado. 
Celestial. Ella se ve celestial.
Sus pequeñas manos; blancas, dedos largos, uñas rosadas que se aferran con fuerza a la orilla en un intento de sostenerse de algo. 
Las aletas de su delicada nariz se agitan, como si de un conejo se tratase.
Noto que está nerviosa, casi asustada. Sonrío; porque no puedo evitarlo
- Shh, todo va a estar bien - susurro con voz queda y lenta en su oído. Ante mis palabras su cuerpo se tensa. 
Delicioso. Ella es deliciosa.
Recorro con un dedo su mandíbula apretada, miro directo a sus pupilas dilatas.
Esos ojos. Esos redondos, grandes ojos.  Eso fue lo que me gustó de ella esa mañana, tantos días atrás.
Su camiseta blanca perlada de sudor.
Niega con la cabeza.
Beso su frente, para infundirle calma, para darle valor. Para mostrarle que no debe estar asustada.
Su olor. Huele a perfume, sudor... casi puedo oler su miedo.
Rasgo con tranquilidad su camiseta, su pecho se agita de nuevo. No puede hablar, sus ojos nunca abandonan los míos, sonrío.
Cuando deslizo su falda por sus largas piernas escucho un quejido entrecortado
- Por favor... - susurra ella. Pero no hace falta que diga nada; que haga nada. 
Separo sus extremidades con una lentitud infinita, para que no pierda nada de la sensación. 
Ahoga un sollozo cuando me acerco a su vientre y recorro con los dedos su cuerpo.
Le sonrío por última vez, y entonces ¡Oh entonces!
Siento su piel rasgarse bajo mi mano. Una pequeña mancha de sangre, sólo un poco.
¡Oh un poco de sangre!
El frenesí llega.
Una y otra vez, una y otra vez, una y otra y otra y otra vez.
Sus gemidos, quejidos y gritos inundan el ambiente.
Una y otra vez.
Por fin he terminado y ella está ahí, tendida,  hermosa, angelical.
Con el rostro bañado en sudor, los ojos perdidos en el infinito, los labios entreabiertos.
Cierro gentilmente esos grandes y redondos ojos.
Su camiseta blanca  comienza a gotear por los bordes, formando un charco de líquido escarlata; aún tibio, a mis pies.
Le sonrío mientras me limpio las manos ensangrentadas en un trapo de cocina, lavo el viejo cuchillo oxidado en el fregadero y me siento en una de las sillas de la estancia, a contemplarla. No puedo hacer más que contemplarla en toda su gloria.
Prendo un cigarrillo.
¿Hay algo mejor que una virgen? Me pregunto. 
Y sonrío....


miércoles, 24 de julio de 2013

Las memorias de la indecencia (1)



- Di algo
- No puedo
- ¡Vamos, te he puesto esposas, no un puto bozal! Siempre tienes algo que decir, dime algo ahora
- ¿Te han dicho lo bueno que estás?

viernes, 5 de julio de 2013

Fuck off


"Mira me duele aquí, entre el hígado, el corazón y el amor propio 

¿cómo no voy a pinche guacarear si tengo putas nauseas en el 

alma? "
Xavier Velasco