lunes, 29 de agosto de 2011

La cabaña

¿Te acuerdas de la cabaña? 
Allá abajo, siguiendo la senda del arroyo, a las afueras del pueblo.
¡A claro, pero tu no habías nacido aun, ni tu madre tampoco!
Si, fue cuando yo era niña, como de tu edad, cuando mis padres murieron, yo vivía ahí con tu bisabuelo. Pero yo si, yo cierro los ojos y la recuerdo tal como era, con su cerca de madera enjalbegada, sus ladrillos rojos entre los grandes cedros que daban esa deliciosa sombra.
Y parece que aun consigo ver a mi abuelo, tan fuerte siempre como un roble, los años parecían pasar líquidos en el, siempre acompañado por su perro, que era gris, y era enorme. 
Recuerdo la cava ¡y que miedo me daba bajar ahí! tan negra como boca de lobo, siempre me paraba unos minutos a escudriñar esa imponente oscuridad antes de bajar las escaleras corriendo.
¡Y la temporada de moras! Las recolectábamos en canastas tan grandes como tus brazos juntos, comíamos algunas recargados en árboles llenos de savia, que se pegaba al cabello si no tenias cuidado,  ¡A, ese era el inicio de la primavera! Todos los campos se ponían verdes, salpicados de los junquillos de marzo. Era bello, ¡valla que lo era!

¡Y la feria! Todas las calles del pueblo adornadas con miles de luces tintineantes en coloridos faroles de papel de china, y toda esa gente, tanta que pasabas entre ellas a empujones, para que no te arrastraran con ellos. A la feria venían unos gitanos, ¿Tú has visto gitanos? Bueno, algunos eran muy guapos. ¡Y sus mujeres! Con esas enormes faldas y los brazos llenos de pulseras que sonaban al caminar. Ellos echaban la buena fortuna en una carpa, cuando papa grande se descuidaba platicando con los vendedores de animales yo me escabullía hasta allá, porque a el no le gustaba que me les aproximara, decía que me llevarían con ellos, pero yo jamás le creí. 
¡Todo era tan distinto! Pero los años vencieron, al final; mi abuelo se volvió un vejete y tuvimos que venir aquí.
¿Que dices ¡Oh claro que extraño todo eso! A veces me acuerdo, y lloro.


martes, 2 de agosto de 2011

La disección de la fe

Aveces es muy duro no creer.  
De vez en cuando necesito creer en algo.
Cuando veo la serenidad en los rostros de la gente al salir de la iglesia, después de dejarle media carga de sus problemas a su dios, teniendo la certeza de que alguien los protege, creyendo eso; bueno, me da un poco de envidia la verdad. Se ven felices, tranquilos, irradian paz y confianza porque Creen.
Se lo que van a decirme, que todo es una mentira, que ellos creen que personas que se hacen pasar por dioses para controlar sus débiles mentes, que son personas ignorantes, mal informadas, incapaces de ser fuertes por si mismos. Si, Lo se.
Pero ¡Sorpresa! Soy de esas personas que piensan (pensaban) firmemente que cuando una persona se muere su carne se pudre tres metros bajo tierra, no hay nada mas. Somos materia y como tal nos descomponemos cuando dejamos de respirar. Nuestra energía (por aquello de que no se crea ni se destruye, y nada mas se transforma) anda suelta por ahí, flotando, mas sin embargo no es mejor por ser de un humano, tiene las mismas posibilidades de transformarse como la del conejo que mate sin querer cuando era pequeña. Un cerdo, un asesino, una coliflor y una ballena tienen la misma capacidad de ir al mismo lugar (osea a ningún lado) cuando mueren, si bien su energía permanece, no tiene inteligencia, ya solo es energía.
Es fácil ver las cosas así, hasta que sucede que deseas que no lo sean. No van al cielo, no se queman en el infierno, el cerdo que se suicido no comparte cuarto con el asesino entre las llamas. Pero. (porque siempre hay uno)
 De repente, cuando pierdes a un ser que amas entonces
 buscas creer con toda tu alma
que el puede estar en algún lugar, cuidándote.
Cuando tienes mucho miedo, cuando tus fuerzas fallan, cuando no puedes, cuando todo duele, en esos momentos yo deseo creer, deseo sentarme de rodillas o con la cara al suelo y entonar esos párrafos milenarios que yo veo que tanto calman a la gente, quiero sentirme protegida porque en algún lado hay una mano que guía mis pasos, quiero creerlo, y creerlo de todo corazón. Para así estar tranquila, para sentirme amada y no tener que ver la realidad cara a cara, de la manera tan cruda que acostumbro.
Aveces es muy duro no creer.