lunes, 25 de marzo de 2013

La joven con el arte de perla (Capitulo segundo: La casa )


El agudo sonido del silbato del tren me despertó.
Tenía las piernas entumidas pero al menos, los músculos ya no dolían.
Había sido un recorrido en silencio desde que el hombre del traje negro (Tánatos; aunque sonara ridículo) me  dijera que había muerto.
Me sumí en una muda discusión conmigo misma; una parte de mi mente se negaba a aceptarlo, mientras la otra racionalizaba el asunto.
No tenía por que ser mentira. No sentía calor o frío, ni mi corazón en su lugar habitual. No tenía miedo ni rabia. Mi cuerpo era una tumba fría y silenciosa.
El guarda-tren volvió a sonar el silbato.
-Es hora de irnos- dijo el hombre. Me sentí repentinamente ansiosa, ¿a dónde iríamos? ¿El cielo? ¿El infierno? ¿La nada? Me arrepentí por unos segundos de no asistir mas seguido a la iglesia.
Pero no había cielo o infierno al cual habrían de arrojarme.
Al bajar del tren solo había una estación cualquiera. Un poco desierta, con la única anomalía de que en vez de carros al rededor había carruajes. Me maravillé al ver los enormes garañones negros que guiaban las carrozas. En el rostro de mi acompañante se dibujo una leve sonrisa de burla.
Poniendo el brazo debajo de mi codo me condujo cerca de una de las carrozas. Me detuve enfrente de uno de los caballos para acariciar su crin.
-¿Cual es su nombre? Pregunte mientras sentía la textura suave del animal
-Fresa.- dijo Tánatos a secas
-¿Fresa? - pregunte riendo- Eso no tiene sentido
-Es cierto- concedió él- Según lo que esperabas debería llamarse Fantasma o Niebla.
No me permitió replicar nada cuando me levanto en vilo para subirme al pescante
-¿No iremos en la parte de atrás? - pregunté jadeando.
-¿No te gusta el aire libre? - Respondió fustigando los caballos.
Concentré mi atención en los arboles viejos que bordeaban el camino. El cielo era gris; sin ningún indicio de la hora. Todo parecía repetitivo y sin embargo no dejaba de maravillarme. Tánatos esta vez rió en voz alta.
El trayecto duró menos de lo que esperaba.
La carroza se detuvo frente a una vieja casona de paredes ennegrecidas con techo de dos aguas y una enorme fuente con un fauno soplando una flauta.
A unos cientos de metros se encontraba otra casa; mas grande aún, de paredes rojas y un jardín poblado de rosas muertas.
Descendí del carruaje de un salto.  Me dirigí a la casa roja para sentir las flores.
Tánatos me jaló bruscamente del brazo y me situó frente a la casona negra.
-Es aquí- dijo señalando la casa que teníamos enfrente.
-¿Quién vive...?
-Nadie por quien tengas que preocuparte- me interrumpió malhumorado.
Caminamos la senda de abedules en silencio, se adelantó a abrirme las puertas y con un suave "ponte cómoda" me dejó en medio del recibidor.
Era una habitación grande con un piso de madera oscura. Estaba vacía.
 Había dos habitaciones de las mismas proporciones a ambos lados, me asomé para comprobar que estaban tan vacías como la primera. Decidí subir las largas escaleras que se situaban enfrente de la puerta. Mis pies se hundían en la mullida alfombra roja que las cubría, hasta ese momento no me dí cuenta de que iba descalza.
Había un corredor espacioso con una hilera de puertas talladas exactamente iguales, y a los lados, dos habitaciones más, esta vez sin puerta. Decidí ir a una de ellas.
Al acercarme pensé de pronto que me había vuelto loca. Olía a comida. Camine despacio mientras las tablas  debajo de mis pies crujían.
Metí la cabeza con miedo a la habitación, que para mi sorpresa estaba revestida de un tapiz color crema salpicado de pequeñas flores. En el centro había una enorme mesa de roble, colmada de toda clase de comida. En una de las dos únicas sillas a los extremos, mi anfitrión leía un viejísimo periódico.
Pero mi vista se centró en los enormes cuernos retorcidos sobre su silla. Debían ser de algún animal. Sobre la otra silla había una cornamenta de ciervo. Era muy hermosa.
Ese debía ser el asiento reservado para mi. Entre con cuidado de no hacer ruido, pero pese a mis esfuerzos, Tánatos levantó la cabeza y me sonrió invitando a sentarme.
- Debes tener hambre - comentó mientras yo veía atónita todos los platillos acomodados delicadamente en la mesa. Había de todo; guisos con carne, ensaladas, dos fruteros llenos hasta el bode, postres de toda clase. Tragué en silencio.
Tomé una manzana, que era lo que tenía más cerca de mí y la mordí. Era la cosa más rica que me había pasado por los labios.
Mientras comía del enorme plato que me serví escuché a lo lejos el repicar de algo ¿Una campana? ¿Una alarma? No; era un reloj. Eran las campanadas de un reloj.
- Debes tener sueño - dijo Tánatos. No era una pregunta, si no una afirmación. Descubrí que estaba cansada, aunque no quisiera aceptarlo. Él se limitó a levantarse, encaminándose al pasillo. Lo seguí confundida y maravillada mientras él sacaba un enorme manojo de llaves y abría la puerta que había visto cerrada con llave.
Era un dormitorio qué me dejó sin aliento, Tánatos se retiró cerrando la puerta tras de si sin decir una palabra.
Maravillada; estupefacta miré lo que tenía enfrente. Una enorme cama con dosel y cortinas rojo borgoña dominaba la habitación, unas enormes columnas se erguían a cada lado de la cama. En uno de los costados, de piso a techo libreros tapizaban las paredes.
Un juego de mullidos sillones (rojos también) acomodados frente a una mesa baja de color blanco, un impresionante candelabro de cristales y un ropero de palo de rosa tallado.
No había luz eléctrica, sólo dos velas a cada lado de la cama. Toqué con dedos temblorosos el papel tapiz rojo con delicados trazos en dorado.
Más cansada de lo que creí me desvestí de prisa y me metí a la cama.
¿Qué había sucedido? ¿Cómo había muerto? Y más importante aún ¿Por qué? Tenía tantas cosas que vivir todavía... Tenía que amar a alguien, tener un hijo, ir a la universidad, crecer, conocer países....
Toda esa lita de pendientes que nunca sucederían me llevaron a recordar a la gente que amaba y que había muerto; ellos también tenían cosas que hacer.
Intenté recordar lo último que había echo al estar viva, pero mi mente estaba demasiado cansada, así que en la penumbra de esa deslumbrante habitación me dejé ir a la inconsciencia.



Notas:
* El primer capitulo está aquí: http://toxicc-lady.blogspot.mx/2012/07/la-joven-con-el-arete-de-perla-capitulo.html


domingo, 24 de marzo de 2013

Hombre y mujer deambulan por el pabellón de los cancerosos.




El hombre:
En esta hilera hay vientres descompuestos
y en esta otra hay pechos descompuestos.
Cama apesta junto a cama. Las enfermeras se turnan cada hora.

Ven, levanta esta cobija.
Mira este grumo de grasa y humores podridos;
esto alguna vez fue importante para este hombre
y fue también delirio y patria.

Ven, mira esta cicatriz en el pecho.
¿Notas el rosario de blandos nudos?
Toca sin temor. La carne es blanda y no duele.

Esta mujer sangra como si treinta cuerpos tuviera.
Nadie puede tener tanta sangre.
A esta otra recién le extrajeron
un niño del canceroso seno.

Se les permite dormir. Día y noche. A los nuevos
se les dice: aquí se duerme hasta sanar. Sólo los domingos
se les deja despiertos un rato, para las visitas.

Pocos alimentos se ingieren. Las espaldas
están en carne viva. Ves las moscas. A veces
los lava una enfermera, como se lavan los bancos.

Aquí el camposanto sube hacia cada lecho.
Carne se adelgaza. Fuego vital se pierde.
Humores coagulan. Tierra llama.

( Hombre y mujer deambulan por el pabellón de los cancerososGottfried Benn, 1912)
(Uno de mis poemas favoritos)