martes, 30 de abril de 2013

La joven con el arte de perla (Capitulo tercero Un error)


La mortecina luz que se filtraba por las ventanas me hizo parpadear desconcertada. ¿Dónde estaba? me pregunté mirando la enorme habitación. ¡Ah, claro, muerta!
Me acurruqué en el diván que estaba frente a la ventana a mirar el... ¿Amanecer, atardecer? ¿Qué hora era? ¿Por qué aquí nunca salía el sol? Una chispa de color cató mi atención. Se trataba de un pequeño petirrojo parado en la rama de uno de los viejos arboles. Me sentí de nuevo una niña; corriendo sin rumbo en un enorme prado en la finca de mi abuelo.
Para mi sorpresa el armario estaba vacío, así que decidí ponerme la misma ropa que tenía ayer, aunque los pantalones tuvieran un poco de lodo seco.
Un nuevo cambio me sorprendió cuando salí de la habitación. Ahí dónde ayer estaba el comedor, ahora no había nada más que una pared. ¿Me estaba volviendo loca?
Bajé las escaleras buscando a Tánatos que parecía haberse esfumado. Otra enorme sorpresa: Las habitaciones que ayer estaban vacías hoy se encontraban amuebladas.
Y la mayor sorpresa de todas; esa que hizo que se me hiciera un enorme nudo en la garganta y mis ojos parpadearan inquietos. La voz de mi Padre cantando. Subí al primer piso de nuevo, buscando de dónde provenía ese alegre sonido que había echo que mis días tuvieran un destello de luz mientras él vivió. Un poco acostumbrada a los cambios aparentes de la casa descubrí que había unas escaleras nuevas. Estas daban a un enorme invernadero lleno de macetas con hermosas flores: Narcisos, amapolas, zinnias, gladiolos.
Al fondo del invernadero había una mesa de donde provenían risas y humo de cigarrillo. Caminé con paso vacilante hasta ahí, sintiendo las lágrimas brotar de mis ojos cuando comencé a reconocer las voces y siluetas que tenía delante.
Mi abuelo y mi padre jugaban cartas sentados uno frente al otro.  Intenté contener esas lágrimas para poder verlos mejor. Ahí estaban; esos rasgos familiares y conocidos; tan amados me sonreían con cariño mientras yo intentaba dejar de llorar. Los seres que más había amado y se habían ido de mi lado estaban ahí.
- Hola, cielo- dijo mi abuelo, corrí hacía él desesperada por sentir sus brazos, pero descubrí que no me estaba moviendo.
- Todo va a estar bien - prometió él a la distancia. ¡No, no lo está! ¿Por qué no te acercas? quise gritarle, pero otra voz familiar me hizo voltear.
Olivia, mi mejor amiga; la que yo había echado tanto de menos estos dos años metió la cabeza por el umbral de la puerta sonriendo con esa luminosa sonrisa que yo extrañaba tanto.
-¿Qué haces aquí, niña traviesa? - preguntó mi padre volteando en su silla.
- No lo sé. Quiero tocarlos - susurré
- No; ahora no puedes. Cariño, tu no deberías estar aquí. - dijo mi abuelo.
-Quiero estar con ustedes - contesté herida.
- No; amor mío. Debes tener una vida larga y feliz, cómo la tuvimos nosotros. ¿Qué ha pasado? ¿porqué estás aquí? -  Los tres preguntaron a la vez. Estaba igual a como las recordaba, con esa sonrisa de dulce complicidad que nunca permitiría que nada me hiriera.
- Escucha - me dijo Olivia Estaba igual a como la recordaba, con esa sonrisa de dulce complicidad que nunca permitiría que nada me hiriera. - Nuestras vidas fueron satisfactorias y plenas. Queremos lo mismo para la tuya. No debes estar aquí, aún no. Regresa y se feliz. Regresa.... Ya nos verás un día - ¡Pero cómo podía decir eso! ¡Yo estaba tan sola desde la muerte de estas personas!
Negué con la cabeza, atontada. Cerré los ojos para tratar de comprender, pero cuando los abrí, el invernadero y la gente que amaba ya no estaba ahí. Sólo quedaba el enorme prado  medio muerto y la luz mortecina que se filtraba entre las ramas de los árboles.
-¿Por qué he muerto? - pregunté en voz alta, retando a quién fuera que se había llevado mi vida.
- No estoy seguro; tu no deberías estar aquí - El susurró de Tánatos a mi espalda me hizo gritar de miedo.
- Yo no esperaba encontrarte, no ahora. Pero ya vez, así han sido las cosas - comentó encaminándose a la casa. ¡Esto no es justo! No aquello no era justo.
-¿Pero cómo morí? Insistí cuando nos sentamos en los sillones de una de las habitaciones hasta ayer vacías.
- Era noche cerrada cuando saliste a dar un paseo, estabas muy enojada ¿Recuerdas? - me interrogó Tánatos.
Sí, estaba enojada. Enojada y aburrida. Mi madre había insistido que visitara a su hermana por las vacaciones, y me encontraba sin nada que hacer más que oír a sus dos hijos reñir todo el día. Estaba enojada y salí a caminar un rato. Me había perdido, recordé. Estaba perdida por qué tomé el primer bus que encontré.
-Llegué a un parque... Un parque solitario... Podía oír el mar. - conjeturé en voz alta.
Tánatos asintió pensativo
- Ahí había una pareja, un par de adolescentes que buscando un lugar oscuro habían decidido refugiarse en ese parque. Pero también había alguien más. Un hombre que ha sido buscado hace mucho tiempo; un asesino serial que buscaba a su próxima victima. - Tánatos calló permitiéndome recordar.
¿Un asesino? Sí, había escuchado eso. Lo discutían Annie y Jack en el desayuno, mientras mi tía, su madre, les pedía tener cuidado. Fui advertida de no salir sola. ¡Lo fui!
¿Entonces, así había muerto? Recordé sin quererlo las palabras de Annie "Desmiembra a sus victimas para luego esparcirlas por pedazos" ¡Esto era horrible!
- Tu no debías estar ahí, esa es la verdad. Fuiste un accidente, en verdad. Te sentaste en una banca oculta por los árboles, estabas asustada. Escuchaste los gritos de la pareja cuando fue atacada y gritaste también. Ese hombre escuchó tu grito, así que antes de terminar su trabajo fue a buscar el lugar del que provenía el sonido. No le convenía tener público - Miré a Tánatos absorta mientras él hablaba
Grité, lo hice. No debí gritar. Recordé la silueta del hombre; alta y delgada con el cabello largo enmarañado. Recordé la navaja que sostenía mientras se acercaba a mí. Recuerdo haber corrido asustada hacía el interior del bosque, sus pisadas calladas tras de mí.
Sí, lo recuerdo.
-¿Él.... él me asesinó? - pregunté sin voz.
-No; él no lo hizo. Estabas asustada, y corriste en la dirección equivocada.
Estaba asustada, realmente asustada. Recordé qué en la histeria del momento pensé que querría violarme, asaltarme o qué sabría yo. Corrí por un sendero, hasta que estuve al borde de un enorme acantilado. Él hombre se detuvo frente a mí, mirándome con esos penetrantes ojos llenos de odio. Me miró, sonrió y luego levantó la navaja que llevaba en las manos. Retrocedí por instinto, y entonces caí... caí y caí y parecía que aquello no tendría fin. Y entonces; todo se volvió borroso y momentos después desperté en esa playa.
-Caí de ese acantilado - comenté comprendiendo.
- Yo no esperaba encontrarte - repitió Tánatos - Ker debía ir allí por los chicos, para traerlos. Pero yo tropecé contigo. Lo lamento - suspiró él.
Me sumí en el silencio total. Era un error. No; era una consecuencia. Yo había tomado una mala decisión y había muerto por ello.
Miré a Tánatos anonadada, sumida en la vergüenza y el pesar. Eso no debió ocurrir. No aquella noche.
-¿Cómo está mi madre? - susurré. Mi madre, mi preciosa y amorosa madre. Encontrar mi cuerpo, tener que aceptar que había muerto; mi familia, mis amigos. Todos ellos debían estar sorprendidos, dolidos. Y yo lo había causado ¡Oh no, mamá!
- Aún no lo sabe - susurró él de vuelta. Asentí. Pero no tardaría en enterarse. No; sin duda lo sabría.
- Quiero volver - susurré. Y las lágrimas que no llegaron a mis ojos quebraron mi voz. ¡Quiero volver! ¡Quiero  estar viva!

Notas:
*Ker en la mitología griega es la representación de la muerte violenta, también hermana de Tánatos.

*CAPITULO PRIMERO: EL HOMBRE EN EL TREN http://toxicc-lady.blogspot.mx/2012/07/la-joven-con-el-arete-de-perla-capitulo.html

*CAPITULO SEGUNDO: LA CASA http://toxicc-lady.blogspot.mx/2013/03/la-joven-con-el-arte-de-perla-capitulo.html