martes, 6 de agosto de 2013

Una virgen.


Tendida, en todo su esplendor. 
Indefensa, débil, sudorosa y agitada
Su pecho, subiendo y bajando; subiendo y bajando en un movimiento rítmico y agitado. 
Celestial. Ella se ve celestial.
Sus pequeñas manos; blancas, dedos largos, uñas rosadas que se aferran con fuerza a la orilla en un intento de sostenerse de algo. 
Las aletas de su delicada nariz se agitan, como si de un conejo se tratase.
Noto que está nerviosa, casi asustada. Sonrío; porque no puedo evitarlo
- Shh, todo va a estar bien - susurro con voz queda y lenta en su oído. Ante mis palabras su cuerpo se tensa. 
Delicioso. Ella es deliciosa.
Recorro con un dedo su mandíbula apretada, miro directo a sus pupilas dilatas.
Esos ojos. Esos redondos, grandes ojos.  Eso fue lo que me gustó de ella esa mañana, tantos días atrás.
Su camiseta blanca perlada de sudor.
Niega con la cabeza.
Beso su frente, para infundirle calma, para darle valor. Para mostrarle que no debe estar asustada.
Su olor. Huele a perfume, sudor... casi puedo oler su miedo.
Rasgo con tranquilidad su camiseta, su pecho se agita de nuevo. No puede hablar, sus ojos nunca abandonan los míos, sonrío.
Cuando deslizo su falda por sus largas piernas escucho un quejido entrecortado
- Por favor... - susurra ella. Pero no hace falta que diga nada; que haga nada. 
Separo sus extremidades con una lentitud infinita, para que no pierda nada de la sensación. 
Ahoga un sollozo cuando me acerco a su vientre y recorro con los dedos su cuerpo.
Le sonrío por última vez, y entonces ¡Oh entonces!
Siento su piel rasgarse bajo mi mano. Una pequeña mancha de sangre, sólo un poco.
¡Oh un poco de sangre!
El frenesí llega.
Una y otra vez, una y otra vez, una y otra y otra y otra vez.
Sus gemidos, quejidos y gritos inundan el ambiente.
Una y otra vez.
Por fin he terminado y ella está ahí, tendida,  hermosa, angelical.
Con el rostro bañado en sudor, los ojos perdidos en el infinito, los labios entreabiertos.
Cierro gentilmente esos grandes y redondos ojos.
Su camiseta blanca  comienza a gotear por los bordes, formando un charco de líquido escarlata; aún tibio, a mis pies.
Le sonrío mientras me limpio las manos ensangrentadas en un trapo de cocina, lavo el viejo cuchillo oxidado en el fregadero y me siento en una de las sillas de la estancia, a contemplarla. No puedo hacer más que contemplarla en toda su gloria.
Prendo un cigarrillo.
¿Hay algo mejor que una virgen? Me pregunto. 
Y sonrío....


2 comentarios:

  1. Poéticamente escalofriante... Atrapante pero aún así infunde temor, algo parecido al rechazo. Una mezcla perfectamente hecha en este texto, Excelente!! Un beso!

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  2. Hola linda, es lindo saber de ti, luego de tanto.
    Pues estoy de regreso, quiero contar mi vida.Te mando un beso.

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Suspiros