viernes, 8 de agosto de 2014

Las mentiras de la edad




De repente me digo: Ya no tienes trece años.

Ya no puedes culpar a los demás por tus problemas ni llorar  horas por tu errores.
De repente pienso, "¡Ya has crecido!" Pero se me queda atorado en la garganta, porque en el fondo, no quiero crecer.
Siete años después, aún puedo leer lo confundida y lastimada que estaba en ese entonces.
Nada ha cambiado, fundamentalmente. En realidad, nada cambia, la única diferencia es que ya no puedo sentarme a llorar al filo del balcón cada noche, no puedo derramar todo eso entre letras. Porque ya he crecido. Y las chicas grandes ya no hunden lancetas en su piel para sentirme mejor, no son irreflexivas ni quejicas.
A las niñas grandes nos toca sufrir lo mismo, pero siempre en silencio. Siempre con esa máscara indeleble. Las niñas grandes ya no le contamos a nuestros amigos lo mal que estamos, ya no esperamos con el corazón que a ellos les importe.
Porque, debido a tu edad, ya no debes tener esa necesidad de comprensión, debes abandonar la esperanza de que alguien allá afuera te entienda. Ahora eres mayor, ahora tiene que doler de una manera distinta, sin que puedas expresarlo tan fácilmente como antes.
Se acabaron las páginas manchadas de un viejo cuaderno negro, incluso se acabó derramar todo en mi blog. Porque a mi edad, debería ser capaz de sobrellevar cualquier cosa con un mínimo de quejas. Porque ahora sé que a mis nuevos amigos les importa una mierda.
Sin embargo, no lo soy.
No lo somos.
Todo está ahí, igual que antes, igual que siempre. Sólo que ahora, en vez de decirlo, simplemente lo callamos.

Y es por ello, tal vez, que no puedo escribir como antes.
Porque aveces, muy de repente me digo: Ya no tienes trece años.